DOI: http://dx.doi.org/10.24901/rehs.v39i156.679

Identidades emergentes y territorialidades amenazadas. Reivindicaciones múltiples en torno a los pueblos del Gran Nayar


Cerramos el volumen 39 de Relaciones Estudios de Historia y Sociedad con un número cuya sección temática presenta un abanico de miradas multidisciplinares sobre dos problemas que van de la mano con la vida de los grupos indígenas y mestizos del México rural y, si me apuran, del resto de un mundo en el cual las sociedades agrarias -tengan una identidad étnica construida o no- y sus territorios se enfrentan al embate del capitalismo de corte neoliberal. En este sentido, me encuentro muy satisfecho con este diálogo inter y transdisciplinario pues va acorde al giro que hemos tratado de darle a la revista en los últimos años, un poco a contracorriente de las directrices impuestas por los sistemas de clasificación e indexación de las revistas académicas que imperan hoy en México. Un diálogo que afianzó con la publicación, en el primer número de 2018, de otra sección temática multidisciplinaria muy completa; experiencias que las próximas direcciones editoriales de Relaciones deberán recoger, sopesar y, por supuesto, mejorar -pues deberán sobre todo criticar-.

Relaciones no es -no puede ser- una revista dedicada a una sola disciplina, como a veces nos dicen que debe ser los analistas de posicionamiento de publicaciones académicas. Desde su inicio -a la par de la fundación de El Colegio de Michoacán, que el próximo 15 de enero de 2019 cumplirá 40 años-, la revista ha tenido como misión principal ser la arena para el diálogo, entre la antropología y la historia, enfocado a problemas muy concretos de la realidad -en aquella época privaba el acento en los estudios regionales para acceder a realidades invisibilizadas por el discurso nacionalista-; hoy son otros los problemas y temas de investigación. Un diálogo al que se fueron sumando otras formas de ver las cosas desde las humanidades y las ciencias sociales. De ahí que la revista no sólo deba incluir artículos académicos de las diversas disciplinas que se desarrollan en el Colmich u otras instituciones dedicadas a la investigación en nuestros campos, sino que se intenten crear espacios de diálogo y debate entre ellas sobre problemas concretos, pues este cruce de miradas permite siempre una mejor comprensión de los fenómenos sociales y culturales que van adquiriendo diferentes geometrías tras los distintos cristales con los que se miren. Los anteriores directores de Relaciones -a quienes se debe el prestigio que hoy tiene la revista- tuvieron siempre en mente la importancia y pertinencia del diálogo entre disciplinas. Ahí está como muestra su labor editorial, en muchas ocasiones encomiable. Lo único que yo quise hacer, subiéndome en los hombros de esos académicos que me precedieron y con el apoyo de un Consejo Editorial de primera línea, fue enfatizar que quien se encargue de proponer una sección temática lo hiciera invitando al diálogo.

Por ello, cuando la Dra. Regina Lira y el Dr. Paul Liffman me presentaron la propuesta, en mayo de 2017, del conjunto de artículos que componen la sección temática de este número, no tuve la menor duda de su pertinencia. Para entender su importancia, baste citar parte de la propuesta de Lira y Liffman:


A pesar de la diversidad de perspectiv(ist)as, uno de los fuertes de este número sería la manera en que cada aportación integra una preocupación con la tenencia de la tierra agraria y/o crisis ecológicas que amenazan las territorialidades a la cuestión de la mediatización de los discursos u ontologías de sus voceros para públicos e instituciones ambientalistas e indigenistas. Dentro de esta cuestión se hace hincapié en como dichos discursos u ontologías circulan entre los mismos grupos afectados por las amenazas a la territorialidad e integridad ecológica. Se trata de los principales pueblos indígenas -coras, huicholes, tepehuanos- que habitan la región del Gran Nayar, pero también de la población mestiza que vive en un territorio sagrado de esos grupos: el desierto de Wirikuta en San Luis Potosí, donde se han propuesto dos megaproyectos mineros con financiamiento global. Por cierto, en contraste con los análisis tradicionales que parten de la idea de indios con identidades esenciales e inamovibles, se pone acento en la fluidez y performatividad identitaria, por lo cual el título inicia con el calificativo “emergente”. A pesar de la improvisación implicada en este concepto, siempre se reinventa la identidad y el territorio en términos del doble trasfondo del legado indigenista del Estado mexicano y los marcos histórico-culturales regionales de los actores. Y en la base de todo está el espectro inevitable de la alteridad que también moldea las identidades en una región multiétnica, sea por apropiación o exclusión. Así, este número no sólo trascendería límites disciplinares sino también reflejaría distintos posicionamientos sociales en torno a los retos que enfrentan los territorios rurales.1


Los textos que conforman la sección temática cumplen sobradamente con el diálogo y el debate. Sería demasiado hacer una presentación aquí de cada uno de ellos. Mejor invitamos a su lectura propuesta por orden de aparición aunque, como en Rayuela, cada quien elija su programa de lectura. Lo mismo cabe para los dos artículos de la sección general y las reseñas. Son textos probados, han pasado por la mirada crítica de los evaluadores y los editores. Por supuesto, la última palabra la tienen sus lectores.

Dos cosas antes de terminar. Ya son cuatro años desde que asumí la dirección de la revista más otros cuatro años trabajando hombro con hombro con Thomas Calvo, querido amigo y amable colega, como su secretario de redacción. En estos ocho años aprendí mucho y disfruté y odié al mismo tiempo la responsabilidad. Me tocó hacer esa parte interesante y a la vez triste que es convertir una revista académica muy consolidada y de bella impresión en un producto digital. Esto aumenta las posibilidades de impactar más ampliamente en el medio académico internacional porque adoptamos los mejores criterios de publicación en Internet mediante plataformas adecuadas y de uso libre (como el Open Journal Systems), plataformas que dan mayor visibilidad a la revista sobre todo si se siguen las propuestas regionales de SciELO y se marca cada texto con los metadatos adecuados. Pero soy consciente que todo esto prefigura el fin de las revistas académicas tradicionales impresas en papel, las que nacieron como una expresión de la república de las letras a finales del segundo tercio del siglo XVII y con las que yo aprendí a ejercer mi oficio de historiar. Sin embargo, la trasmisión del conocimiento ya no puede ser como antes. Están ahí los dictados de las tecnologías -impuestas o asumidas-, pero también un problema de cultura e impacto ecológico. ¿Quién sigue leyendo objetos producidos como impresos en un momento en el que es posible tener toda una gran biblioteca de información en impulsos electrónicos binarios? Quizá nosotros, los viejos, que crecimos todavía al final de la era de los libros como objetos tangibles y con olor a celulosa en sus hojas. Pero parece que ese ya no es el futuro. Por lo tanto, es tiempo de dar cabida a sangre nueva, joven, para que se haga cargo de los nuevos retos. Por supuesto que en la transición estaremos pendientes de todo lo que se necesite transmitir y apoyar en las mudas que implica no sólo la tecnología de las revistas académicas sino de las decisiones que se avecinan por los previsibles cambios en las políticas sobre ciencia, tecnología y humanidades. Por supuesto que esto tendrá un impacto importante en las revistas académicas como Relaciones.

Finalmente, quiero agradecer a un equipo de colaboradores mayúsculo. Para empezar, a quienes participaron desde un inicio en el Consejo Editorial y a quienes se fueron sumando: Eveline Dürr, Institut für Ethnologie Ludwig-Maximilians-Universität München, Alemania; Gimena del Río Riande, Instituto de Investigaciones Bibliográficas y Crítica Textual CONICET, Argentina; Laura Cházaro García, DIE-CINVESTAV, México; Marco Antonio Estrada Saavedra, Centro de Estudios Sociológicos, El Colegio de México, México; Agapi Filini, Centro de Estudios Arqueológicos, El Colegio de Michoacán, A.C., México; Virginia García Acosta, Centro de Investigaciones y Estudios Superiores en Antropología Social (CIESAS)-DF, México; Alberto J. Olvera Rivera, Instituto de Investigaciones Histórico-Sociales, Universidad Veracruzana, México. También agradezco a Nemer E. Narchi haberse sumado como secretario de redacción. Por supuesto, al equipo que hace posible la revista en la institución, Blanca Corrales y Reynaldo Rico, y a ese colectivo anónimo que en Internet y en casa me ayudó a entender y aplicar las cosas más complejas del salto a lo digital. Finalmente, mi reconocimiento a quienes hicieron de esta revista lo que hoy es: sus directores, editores, autores y revisores. Sin el esfuerzo de ellos a lo largo de cuarenta años, yo no estaría escribiendo estas líneas.

Víctor Gayol



Notas

1 Paul Liffman, carta de propuesta, 27 de mayo de 2017.

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