Por allí pasó Rondé. Representaciones europeas del siglo XIX. Por Chantal Cramaussel. Zamora: El Colegio de Michoacán, 2017, 354 pp.

Por allí pasó Rondé. Representaciones europeas del siglo XIX. Por Chantal Cramaussel. Zamora: El Colegio de Michoacán, 2017, 354 pp.

José Arturo Aguilar Ochoa
Instituto de Ciencias Sociales y Humanidades “Alfonso Vélez Pliego”, Benemérita Universidad Autónoma de Puebla

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Por allí pasó Rondé. Representaciones europeas del siglo XIX. Por Chantal Cramaussel. Zamora: El Colegio de Michoacán, 2017, 354 pp. por José Arturo Aguilar Ochoa se distribuye bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial 4.0 Internacional.

En el amplio universo de los que llamamos artistas viajeros que llegaron a México en el siglo XIX, existen dos circunstancias que han marcado las investigaciones sobre este tema. La primera tiene que ver con los avances historiográficos que han revisado en bloque a estos artistas, dando cuenta de las biografías, los géneros que tocaron, el contexto de las miradas y, desde luego, los estilos y aportes de cada uno de ellos. En este ámbito, el trabajo de Manuel Romero de Terreros, realizado en 1959, representa el estudio pionero que abrió el tema a los historiadores del arte.1 Aunque ya antes Justino Fernández en 1952 había dedicado algunas líneas a varios de estos personajes en su monumental obra Arte moderno y contemporáneo de México,2 pero presentando datos generales. Transcurrirán varios años hasta que nuevamente, Fausto Ramírez Rojas, en 1981, en un capítulo de la Historia del arte mexicano,3 dio a conocer la lista más completa, hasta entonces de estos artistas, además de vincularlos a la ilustración y al impulso que dio el viaje del barón Alejandro de Humboldt a América en la visión europea. Estos esfuerzos se vieron coronados por la magna exposición Viajeros europeos del siglo XIX en México4 realizada en el Palacio de Iturbide de la Ciudad de México, en 1996, organizada por Banamex y coordinada por Pablo Diener, que conjuntó, por primera vez, la más completa muestra de los trabajos de casi todos estos artistas.

Pero, sin duda, el tema al margen de los estudios particulares y puntuales, como los que se han hecho sobre Daniel Thomas Egerton o Frederick de Waldeck, por señalar algunos, también ha sido marcado por una segunda circunstancia, a mi parecer, igual de importante que la anterior: los destacados descubrimientos de estos personajes. En 1987, por ejemplo, el embajador de México en Suiza, Marcelo Javelly Girard descubrió por casualidad una rica colección de acuarelas que conservaban descendientes del entonces casi desconocido artista suizo Johan Salomón Hegi (1814-1894) y, a partir de ello, se publicaron dos libros y se promovió en México la exhibición de su obra. Pablo Diener, a su vez, presentó la obra de François Mathurin Adalbert, barón de Courcy, en 1996, en la ya mencionada exposición de Banamex, quien era prácticamente desconocido a pesar de haber acompañado en su viaje, alrededor de 1834, a otro artista destacado como lo fue el bávaro Juan Mauricio Rugendas. El barón de Courcy mereció después ser presentado individualmente en una exposición y un libro, hecho por el mismo Diener, en 1998, publicado por la revista Artes de México.5 Sin embargo, este último trabajo dejó en las sombras la biografía del artista, pues, se conocen escasos datos de su vida, por ejemplo, cuándo nació y cuándo murió, ni su formación artística, puntos que habría que ahondar, pues, además de dedicarse a la pintura fue un diplomático francés. Algo similar ocurrió con el álbum de acuarelas del pintor Theubet de Beauchamp descubierto en 2010 por Sonia Lombardo de Ruiz en la biblioteca del Palacio Real de Madrid, España: gracias a esta investigadora se develó una gran obra gráfica hecha en pleno periodo de la Guerra de Independencia. Lamentablemente se desconoce la biografía del personaje, pues, no se pudo ahondar sobre Beauchamp ni encontrar fuentes sobre él, la nacionalidad incluso sigue siendo un misterio.6

Con este repaso, mi intención es colocar y dar sentido al libro de Chantal Cramaussel, pues, se encuentra, a mi parecer, en esta última línea, ya que descubrió y nos da a conocer el trabajo de un artista que era prácticamente desconocido dentro de este grupo de viajeros europeos. Salvo acaso alguna litografía o grabado, publicados en periódicos franceses y quizá conocida por especialistas, de Philippe Rondé no se sabía absolutamente nada. De ahí que presentar el libro de Cramaussel como un importante descubrimiento dentro de este grupo, no me parece exagerado, bastaría señalar que con el trabajo de esta autora se da a conocer una rica, prolífica e importante obra plástica apenas imaginada tanto en pintura, acuarela, grabado y litografía que estaba dispersa o prácticamente perdida en numerosas colecciones europeas. Las imágenes del norte del país, en especial, del estado de Chihuahua entre 1849 y 1851 son una fuente invaluable para conocer ese estado que, por cierto, no visitaron otros artistas extranjeros en esa época y muy pocos escritores también, entre ellos me viene sólo a la memoria al británico George Ruxton (1847) y el estadounidense Albert M. Gilliam (1843-1844). Pero, además, junto con lo anterior, el trabajo de Chantal Cramaussel ahonda en la biografía del personaje, y conocemos sus orígenes familiares, su formación profesional, las razones y circunstancias de su viaje a México, el destino final que tuvo y hasta aspectos de su carácter y personalidad. Y es aquí donde me detengo en el mérito del estudio sobre Philippe Rondé, pues, a diferencia de lo que sucedió con Courcy, con Beauchamp e incluso con Hegi, que todavía son figuras escurridizas, el caso de este artista no fue producto de la casualidad o de la suerte que a veces ha acompañado estos descubrimientos, sino de un arduo trabajo de investigación tanto de la obra como de la biografía, que se nos develan a partir de desenterrar la información en las fuentes. Con el libro se demuestra lo que una revisión acuciosa, y a veces hasta obsesiva, pueda dar por resultado el delinear una figura y su contexto. Y digo obsesiva porque la autora, además de revisar archivos y otras fuentes en varias partes del mundo, también recorrió varias veces los lugares que visitó este artista por el norte, de ahí el título mismo del libro: Por allí pasó Rondé, que alude al hecho de que Chantal señalaba los lugares a su familia, cuando ésta la acompañaba en esos viajes y que se convirtió en un corrido inventado.

Los aportes del libro se pueden revisar en las partes en que la autora dividió su trabajo, de esta manera tenemos: la Introducción; el capítulo I “Philippe Rondé (Tréveris, Prusia, 1815-Vimoutiers, Francia 1883) Sociobiografía de un pintor desconocido”; capítulo II, “Entre la fantasía y el testimonio histórico. La construcción de la imagen, estudio serial”; capítulo III, “Análisis contextual en el campo del arte europeo. El necesario filtro interpretativo”; y, finalmente, las conclusiones. En la introducción me parece muy acertado se señale el origen del estudio, el cual surgió a partir de una lectura escrita por el mismo Rondé: “Viaje al estado de Chihuahua (México) 1849-1852”, publicado en la revista francesa Le Tour du monde, Nouvelle revue des voyages en 1861, la que contiene, además de la narración, ilustraciones del estado de Chihuahua hechas por Rondé. También en esta parte se señalan los objetivos, entre ellos, la autora destaca proponer “un mejor método para evaluar cabalmente las representaciones gráficas”, pero a mi consideración el descubrirlas es, en sí, el principal mérito, aunque es evidente que existe un esfuerzo por analizarlas. Como el libro fue resultado de una investigación para una tesis doctoral en Historia del Arte de la UNAM, la autora pudo contrastar y aplicar esos métodos de análisis.

Precisamente, para mí, el capítulo II es el más interesante y con el riesgo que implica saltar el orden empiezo con esta parte, pues, en este capítulo se presentan las imágenes hechas por Rondé en México, haciendo igualmente un recuento de cómo se encontraron y analizándolas desde diferentes ángulos. El asunto parece sencillo, pero como ya he mencionado entraña varias dificultades: la primera, reunirlas porque no se concentran sólo en un acervo. Chantal menciona la colección del Castillo de Dačice, en la República Checa, donde se conserva una serie de 159 dibujos y acuarelas. Luego está otra colección de 323 dibujos y acuarelas que se encuentran en el Cabinet des Estampes de la Biblioteca Nacional de Francia y, desde luego, las imágenes del artículo en la revista Tour du Monde que son 20 grabados en madera. Algunas de ellas se repiten o son elementos de composiciones más amplías, por lo tanto, no todas son originales en términos de creación. Pese a ello, los trabajos representan una importante obra para el arte mexicano, por los temas y los lugares que tocan; los géneros y las técnicas empleados que, a mi modo de ver, merecerían otros canales de difusión como una exposición, o varias, en un Museo de la Ciudad de México o de Chihuahua y que no necesariamente incluya toda la obra. Para fortuna, la autora presenta en el anexo 2 una lista de las 335 imágenes de la colección checa y francesa, con datos como el título de la obra, la técnica, la fecha de ejecución y el lugar, pues, Rondé llevaba un riguroso recuento de sus obras que ha facilitado su clasificación.

Más alla de esa lista, los géneros nos permiten mirar desde otra perspectiva el trabajo de Rondé, ya que tiene temas de arquitectura, los que más predominan, paisajes rurales y los conocidos de género (que incluyen, las escenas costumbristas, los tipos populares y los retratos). Destacan los dibujos de arquitectura que se subdividen en imágenes de haciendas que se encontraron en el camino de su viaje, presidios, casas y mesones que son monumentos aislados. Luego están las iglesias, los conventos y los edificios públicos que aparecen, generalmente, en su respectivo entorno arquitectónico. Un tercer grupo lo integran las calles y las plazas, y, un cuarto, las vistas generales y panorámicas de las ciudades. Todas son fuente invaluable no sólo para historiadores, sino un gran número de estudiosos como los sociólogos, botánicos, arquitectos, artistas y otros más. Los detalles en los edificios son minuciosos y dibujados perfectamente en la perspectiva y la composición. Una de las mejores ventanas al pasado de la región, que sólo encuentro paralelo con lo que hizo Frederick de Catherwood, en la península de Yucatán, muy cerca de los mismos años que estuvo Rondé en el norte de México. Gracias al artista francés podemos tener idea de muchas vistas generales de las poblaciones, por ejemplo, el aspecto que tenía la plaza principal de Chihuahua y la magnífica catedral barroca que mereció varias versiones y en las cuales despliega su buen manejo del dibujo con los detalles del edificio que no ha cambiado e, igualmente, tener idea de cómo se realizaban ciertas actividades de la región, especialmente, de la minería que atrajo la atención del artista por los intereses que involucraba. En vistas como la Fundición de plata de Corralitos o La terraza de una casa en Corralitos, se percibe parte del proceso de la fundición de metales con detalles como el horno que se encuentra despidiendo humo en un patio rodeado de altos muros y la variedad de trabajadores en estos lugares, tanto mujeres, hombres o niños que cumplían diferentes funciones.

Las acuarelas de Rondé sobre tipos populares y de retratos son otro interesante aporte, pues, nos permiten conocer los personajes de la región, su aspecto físico, vestimenta y actividades que realizaban. Por lo regular son trabajos hechos más como apuntes y registros a vuela pluma, que obras de grandes dimensiones y que llamaron la atención del artista, no exenta de una mirada hacia lo exótico propia de un europeo. Son pocas las imágenes de este tema, pero ahora una invaluable fuente para conocer a los habitantes de la zona que recorrió Rondé. Como ejemplo de su importancia se pueden mencionar los retratos de los indios cautivos que trabajaban en el servicio doméstico de la ciudad de Chihuahua. Como bien señala la autora, se decía de estos indios que eran “adoptados” como se anotaba en las partidas sacramentales de la Iglesia, pero igualmente se les consideraba como “huérfanos” o “expósitos” porque eran producto de la toma de cautivos a la que daba lugar cada incursión represiva en contra de los apaches y comanches. Al ver los rostros de estos indígenas que ya se habían aculturado a la sociedad mexicana, nos viene a la mente la brutalidad de la guerra que se libraba en la zona contra estos grupos que todavía se consideraban bárbaros y la represión entre ambos bandos. Chantal, acertadamente, nos recuerda que los padres de estos niños habían huido o habían sido asesinados, quizás de la manera más cruel ante la vista de sus propios hijos, pues, utilizando la misma violencia les cortaban el cuero cabelludo. En resumen, la obra de Rondé es una de las mejores fuentes, insisto, para conocer visualmente el paisaje, la arquitectura y los personajes de la región en los años 1849 a 1851. La autora en todo su texto parte de una idea principal: “sin conocer al detalle la biografía del artista y el contexto artístico-cultural de donde proviene, no se entienden sus representaciones que no son simples testimonios gráficos. Sino que se tienen que interpretar. En ese sentido, no escoge sólo qué dibujar, sus propios intereses están ya condicionados, de allí el título de representaciones europeas” y también “por allí pasó” con lo cual quería decir que no sabía gran cosa de México.

El capítulo I trata sobre la biografía del artista que igualmente implicó una importante labor de investigación en diferentes archivos tanto en México como en Europa. Gracias a ello sabemos que Philippe Rondé nació en Tréveris, poco antes perteneciente al departamento francés de Sarre y entonces parte de Prusia, el 17 de octubre de 1815, de un origen social humilde, pues, su padre era gendarme oriundo de Luxemburgo, sujeto del rey de los Países Bajos austriacos y que en esta maraña de países se puede confundir la nacionalidad, pero que, por su formación posterior, no hay duda que es francés. Muy joven, el artista se trasladó a Francia y fue en París donde se integró al taller de Charles Caïus Renoux, pintor y litógrafo de arquitectura y de historia. Sorprende que en una época en que los jóvenes con aspiraciones artísticas buscaban formación en las academias, Rondé se formó en un taller con las ventajas y desventajas que ello implicaba, entre ellas, un sistema que para algunos parecería obsoleto, pero que por la obra posterior sabemos que le dio sólidas bases en el dibujo arquitectónico. Se calcula que con alrededor de 16 años llegó con su maestro, edad común para la época.

La muerte del maestro en 1846, de hecho, explica que la propuesta de Hipólito Pasquier de Dommartin, con un proyecto de colonización en México, no lo hizo dudar de viajar a nuestro país en 1849. Dommartin será pieza clave para entender el viaje de Rondé, pues, fue contratado por este empresario, a quien Chantal califica de singular y turbio, y por ello las obras plásticas están ligadas a su proyecto. Gracias a Dommartin se conocen los detalles del viaje, pues, escribió un libro de 88 páginas: Les Etats-Unis et le Mexique. L’intérêt européen en Amérique du Nord, con importantes datos, al margen de los intereses particulares. Por el libro sabemos que el itinerario del viaje empezó desde los Estados Unidos y de Nueva Orleans hasta un enorme territorio de Chihuahua que permite conocer también la historia del proyecto que finalmente fracasó, por diferentes razones, entre ellas, lo ambicioso de los objetivos y, desde luego, la falta de apoyo del gobierno de Chihuahua. En el libro de Chantal, por lo tanto, se entreveran varias historias y, por ellas, sabemos aspectos de la población, sus actividades económicas, la migración francesa en la zona, el proyecto de construir un ferrocarril, las leyes de colonización y, por supuesto, la minería, entre otros más. Rondé finalmente sale de México y tiene un destino inesperado, pues, decide quedarse en los Estados Unidos, concretamente, en la población de Pleasant Valley al suroeste de la ciudad de Davenport en Iowa. Ahí permanece durante ocho años (1851-1859), realizando actividades de topógrafo, elaborando planos y mapas, pues, trabajó para la Mississippi and Missouri Railroad Company. Después nuestro personaje regresa a Francia y lo encontramos nuevamente en la publicación sobre Chihuahua. El momento era propicio, pues, entre 1862 y 1867, la mirada de los franceses y de los europeos, en general, se concentró en nuestro país, primero por la Intervención y posteriormente por el Imperio de Maximiliano. El destino final de Rondé fue muy similar al de otros artistas que no alcanzaron la fama en Europa, con exposiciones esporádicas y con poco trabajo en los últimos años de su vida, así lo atrapa la muerte en agosto de 1883, en la ciudad de Vimoutiers a la edad de 68 años.

El capítulo III, como la misma autora señala, complementa la investigación con un análisis del contexto en que vivió el artista. Se parte, en primer lugar, de las imágenes acerca de la república mexicana que se divulgaron en Europa durante las tres décadas que precedieron a la salida de Francia del pintor, a principios de 1849, y que de alguna manera pudieron influir en su trabajo. Este repaso implicó que Cramaussel revisara varias revistas ilustradas francesas como L’Ilustration, Le Magasin Pittoresque o alemanas, entre ellas, Die illustrierte Zeitung que, por cierto, no se había considerado, y es un camino todavía por explorar, pues, hay material inédito que puede dar varias sorpresas. La influencia de otros artistas viajeros como Waldeck o Nebel se revisa igualmente, lo mismo que la impronta que dejó el barón de Humboldt y que pareciera de, primera instancia, no impactó en Rondé. En el mismo capítulo se analizan las corrientes en boga como el Orientalismo, el Neogótico y el Romanticismo, aplicándolos a casos concretos. Por ejemplo, el Orientalismo se explica con cuadros como Las mujeres de Argel obra de Delacroix, expuesta en 1834, que nos permite entender porque Rondé pintó “de preferencia a mujeres en detrimento de los hombres [...] pues, nuestro pintor las representó sentadas en el piso como a menudo aparecían las orientales, aunque sus chihuahuenses tenían actitudes más rígidas, muy alejadas de la sensualidad oriental entonces de moda”. Al final se incluyen los anexos que enriquecen el análisis de la obra con los datos ya señalados.

Un libro finalmente indispensable para comprender a los artistas viajeros y la única crítica, a mi juicio, es no incluir las imágenes en color. Las razones desde luego las entiendo.

Notas

1 Manuel Romero de Terreros, “México visto por pintores extranjeros del siglo XIX”, Anales del Instituto de Investigaciones Estéticas VII(28) (1959): 33-46.

2 Justino Fernández, Arte moderno y contemporáneo de México, Tomo I, El arte del siglo XIX (México: Universidad Nacional Autónoma de México-Instituto de Investigaciones Estéticas, 1993 [1952]).

3 Fausto Ramírez Rojas, “La visión europea de la América tropical: los artistas viajeros”, en Historia del arte mexicano, tomo 7 (México: Secretaría de Educación Pública, Instituto Nacional de Bellas Artes, Salvat, 1982), 138-163. En el recuento que hace este autor desde luego no se encuentra Philippe Rondé.

4 Catálogo de exposición Viajeros europeos del siglo XIX en México (México: Fomento Cultural Banamex, 1996).

5 El Barón de Courcy, ilustraciones de un viaje 1831-1833, Textos de Pablo Diener y Katherine Manthorne (México: Artes de México, 1998).

6 Sonia Lombardo de Ruiz, Trajes y vistas de México en la mirada de Theubet de Beauchamp. Trajes civiles y militares y de los pobladores de México, entre 1810 y 1827, Real Biblioteca, Madrid, Sig.:Grab.261 (México: Instituto Nacional de Antropología e Historia, Conaculta, Turner, 2009).

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